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Phos-phorus,
“el que lleva la luz” reza apenas borrosa una antigua estela funeraria
en el museo de arte romano
de Mérida.
Nunca más que
ahora necesitamos una luz, el faro, ese guía que nos marca el camino.
Durante estos meses de silencio, un nuevo proyecto recortó
nuestro sueño de la mano de amigos como Jeffrey, Ülkumen, David y Kelly.
Aprendimos tanto en tan poco tiempo que dolía.
Luis Angel, bienvenido a REMI. Saludos en tu hermosa Tierra de Fuego.
Hemos vuelto. No podía ser de otra forma. Prometo contar estas
historias.
Hablando en voz baja, pero firme, en anteriores entregas buscábamos
una excusa para tenerte en mis brazos, compartimos los esfuerzos del
EMAT en el hospital de campaña de Um Qasr y lloramos
con los ojos de Alí. El
lema olímpico ensanchó nuestras mentes para
intentar entender tu lengua. Y, tras echar de menos a
Peter Safar y sus compañeros de generación,
David Applebaum no regresó del Café Hillel, aunque nadie pareció
entenderlo.
Sí, nadie pareció entenderlo, quizá por su bandera. Pero destrucción y
horror carecen de banderas porque, aunque parecen actuar en su nombre,
de hecho, no las respetan. ¿Y qué respetan? Bueno, hoy veremos lo que no
respetan:
población civil,
escuelas y
hospitales bombardeados,
veintiún paramédicos fallecidos, familias arrasadas en la franja de
Gaza.
Las imágenes de las que, ahora, sí disponemos nos hablan de un conflicto
desigual al que los
cuerpos de los niños añaden la sombra más macabra jamás imaginada.
Un aliento frío dejó paso a un silencio aterrador. Sus ojos ya no
brillan. Silencio, sólo silencio.
¡Perversa ironía! Utilizar la luz, fuente de vida, como causa de muerte
cuando, origen y final se funden en el mortífero poder ligado a las
bombas incendiarias en llamativas plumas blancas, y sus devastadoras
consecuencias. La luz no se apagó sola, quien debió usarla como guía, la
extinguió bajo toneladas de odio y fósforo blanco. Aquellos niños que no
crecieron se lo recordarán.
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